Guía para psicólogos · Octubre 2026

Valores que suenan bien, pero no orientan la conducta

Del discurso abstracto a acciones concretas: cómo trabajar los valores en ACT.

«Quiero cuidar mis relaciones, ser auténtica y vivir con más equilibrio». La frase aparece en sesión y parece señalar una dirección clara. Sin embargo, al explorar la semana, encontramos el mismo patrón: conversaciones pospuestas, compromisos aceptados por miedo a decepcionar y necesidades propias que siguen sin expresarse.

La persona puede hablar con precisión sobre lo que le importa y tener dificultades para actuar en esa dirección. Para el terapeuta, esto plantea una pregunta: ¿el trabajo con valores está ampliando sus posibilidades de respuesta o estamos construyendo un discurso que apenas modifica su vida cotidiana?

Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), esa diferencia merece atención clínica.

Un valor necesita algo más que una palabra

En ACT, los valores se entienden como cualidades elegidas de la acción que pueden orientar patrones de conducta a lo largo del tiempo. Se distinguen de los objetivos: estos pueden alcanzarse; una dirección valiosa puede seguir expresándose en nuevas situaciones. La Association for Contextual Behavioral Science sitúa los valores y la acción comprometida dentro del desarrollo de la flexibilidad psicológica.

«La familia», «la salud» o «la autenticidad» pueden abrir una conversación, pero todavía dejan preguntas pendientes. ¿Cómo quiere relacionarse esta persona con su familia? ¿Qué significa cuidar su salud en las circunstancias actuales? ¿Cómo se expresaría la autenticidad durante una conversación difícil?

Nuestro trabajo consiste en explorar qué significan esas palabras en su experiencia y cómo podrían orientar decisiones concretas.

Explorar la función del discurso

Una declaración de valores puede cumplir funciones diferentes. «Quiero ser una buena hija» puede expresar una dirección elegida y, al mismo tiempo, estar vinculada a reglas rígidas, miedo al rechazo o búsqueda de aprobación.

La formulación verbal, por sí sola, no permite decidirlo. Necesitamos explorar el contexto en el que aparece, las conductas que organiza y sus consecuencias.

Podemos preguntar: «Cuando intentas ser una buena hija, ¿qué terminas haciendo?», «¿Qué ocurre si dices que no?» o «¿Cómo te gustaría cuidar esa relación cuando también necesitas cuidarte?».

Conviene evitar convertir esta exploración en un examen sobre si el valor es suficientemente “propio”. Toda elección tiene una historia social. Lo relevante es observar si esa dirección favorece respuestas flexibles y significativas o funciona como una exigencia que estrecha el repertorio.

Pasar de la etiqueta a una escena

Una vía útil para concretar es abandonar momentáneamente las categorías generales y entrar en una situación reciente.

Imaginemos un caso ficticio: Laura identifica la cercanía como una dirección importante en su relación de pareja. Durante la semana ha evitado contar que se siente sobrecargada porque anticipa una discusión.

En lugar de seguir preguntando qué significa para ella la cercanía, podemos situarnos en una escena: «Ayer, cuando tu pareja te preguntó cómo estabas, ¿qué habrías querido hacer para relacionarte con más apertura?».

Laura responde: «Decirle que necesitaba ayuda, sin fingir que estaba todo bien».

La conversación empieza a ofrecer una orientación observable. Ahora podemos explorar qué quería comunicar, qué apareció internamente y qué condiciones facilitarían intentarlo. El valor comienza a adquirir una expresión situada.

Elegir una acción posible

Concretar no equivale a imponer una tarea. Una conducta puede ser observable y medible, pero responder principalmente al deseo de cumplir con el terapeuta.

Por eso conviene construir el paso conjuntamente: ¿qué haría Laura?, ¿cuándo tendría una oportunidad razonable?, ¿qué parte depende de ella?, ¿qué dificultades anticipa?

Una propuesta podría ser reservar diez minutos después de cenar para expresar una necesidad y escuchar la respuesta de su pareja. El objetivo no sería conseguir una reacción comprensiva, porque eso no está bajo su control. El paso elegido sería practicar una comunicación más abierta.

La escala importa. Si la acción exige un salto excesivo, podemos buscar una aproximación viable: preparar una frase, pedir un momento para hablar o expresar una necesidad menos difícil. Su utilidad dependerá de la función que cumpla y de lo que permita aprender.

Hacer espacio a lo que aparece al actuar

Cuando acercamos los valores a la conducta, suelen hacerse visibles las barreras: vergüenza, ansiedad, culpa, recuerdos o predicciones de fracaso.

Podemos explorar: «Si dieras este paso, ¿qué pensamientos aparecerían?», «¿Qué sensaciones te resultaría difícil permitir?» y «¿Qué sueles hacer cuando aparecen?».

Con Laura, quizá surja la regla «si necesito ayuda, soy una carga». El trabajo podría incluir observar ese pensamiento como un evento verbal, contactar con la incomodidad y ensayar cómo expresar una petición mientras está presente.

También debemos valorar barreras externas, habilidades y seguridad. Una dificultad para actuar no implica necesariamente evitación experiencial. Puede haber falta de recursos, condiciones laborales exigentes o relaciones en las que expresarse tenga consecuencias relevantes. El análisis funcional debe incluir esas circunstancias.

Evitar que los valores se conviertan en exigencias

El trabajo puede atascarse si «quiero cuidar mis relaciones» acaba transformándose en «debería estar siempre disponible». También si la acción comprometida se interpreta como una obligación de avanzar continuamente.

Podemos contribuir a esa rigidez cuando elogiamos cualquier cumplimiento sin explorar su función. Haber realizado una tarea no demuestra, por sí solo, mayor flexibilidad.

Interesa preguntar cómo se tomó la decisión, qué alternativas se consideraron y qué consecuencias tuvo. Descansar, cancelar un compromiso o establecer un límite pueden expresar cuidado. También podrían cumplir otras funciones.

La valoración requiere contexto. Una dirección valiosa admite distintas formas de actuar y puede entrar en tensión con otras. Elegir implica atender a esas tensiones, sin exigir una coherencia perfecta.

Revisar la semana como una oportunidad de aprendizaje

En la siguiente sesión, «¿lo hiciste?» ofrece información limitada. Podemos ampliar la revisión: «¿Qué ocurrió antes?», «¿Qué hiciste finalmente?», «¿Qué consecuencias observaste?» y «¿Qué aprendemos para el próximo intento?».

Si Laura expresó su necesidad y recibió una respuesta defensiva, conviene explorar tanto el significado de haber hablado como las consecuencias de esa interacción. Si pospuso la conversación, podemos examinar qué condiciones influyeron y ajustar el paso.

La revisión permite comprobar si la acción estaba bien elegida, si faltaban habilidades o si necesitamos reformular nuestra hipótesis. Así, la tarea aporta información clínica incluso cuando no se realiza como habíamos previsto.

Llevar la dirección valiosa a la sesión

La propia relación terapéutica ofrece oportunidades para observar este proceso. Una persona que desea actuar con autenticidad quizá esté de acuerdo con todas nuestras propuestas, aunque algunas no le encajen.

Podemos abrir espacio: «Me interesa saber si esta tarea tiene sentido para ti. ¿Hay algo que cambiarías?». Discrepar, pedir una aclaración o reconocer una duda pueden convertirse en acciones relevantes dentro de la sesión, cuya función habrá que explorar.

El criterio clínico es qué posibilidades de acción aparecen en situaciones importantes. Los valores empiezan a orientar cuando ayudan a elegir, ajustar y volver a intentarlo, con atención al contexto y a las consecuencias. Nuestra tarea es facilitar ese tránsito: de una formulación convincente a una manera de actuar que la persona pueda reconocer como significativa.

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